Nana

Pintando Palabras [Original Femslash]

Título: Pintando Palabras
Fandom: Original
Personajes: La pelirroja y la pequeña dibujante
Resumen: Un local. Jazz. Café. Dibujos, cuentos y palabras que no se dicen porque, en ocasiones, no hace falta decir nada.
Notas: Sin betear. Femslash
Palabras: 3064


Se veían cada tarde, en una vieja cafetería de una calle sinuosa y oscura de la ciudad, una de esas en las que la gente se sienta a leer sus libros mientras el Jazz lo llena todo y los pensamientos se enredan y bailan con el humo del tabaco. Era difícil poner una fecha concreta a cuando la miró por primera vez.

Quizás fue la tarde en la que ella entró corriendo, empapada por completo a causa de una tromba de agua que dejó la ciudad mojada por días. O la mañana en la que se sentó junto a la ventana que da al parque y los rayos de sol centelleaban cual estrellas en su cabello negro. O ese jueves, que sabía que era jueves porque sólo tenía una clase, y fue cuando descubrió que ella tampoco hacía mucho ese día porque estuvo prácticamente todo el día ahí, sin alzar la cabeza del cuaderno.

Pero sabe de forma segura que, cuando le robó el corazón por completo, fue el día que la vio dibujar por primera vez.

Después de semanas en las que la miraba desde la distancia, escribiendo frases sobre ella, buscándole nombres que siempre sonaban a poco cuando contemplaba su belleza, un día logró sentarse muy cerca, en una mesa pequeña que hacía rincón desde donde la podía observar dibujar, con magnifica precisión, a una pareja besándose.

Sintió tal fascinación que, a la par que ella dibujaba, escribió un cuento sobre ese beso. Un cuento sobre personas que se encuentran y se ven, de vidas cruzadas en un instante y entrelazadas para siempre, de risas y caricias a oscuras, de susurros a media voz, de confesiones incandescentes y pasiones inagotables. Escribió un cuento que hizo que sus ojos se empeñasen, rezando por conocer algún día un amor así y, sin darse cuenta todavía de que su dibujante le había robado el corazón.

Esa noche, al entrar en la calidez de su hogar, lo sintió frío, oscuro, vacío. Fue una sensación extraña y ajena, casi como si en lugar de vivirlo, fuera un sueño que recuerda a medias puesto que acaba de despertar. No lo entiende, pero no importa. La vida no permite muchos de esos momentos de reflexión y pronto tiene que ponerse a trabajar, al caer la noche se rinde en la cama, duerme sin soñar, sin moverse, ausente de su propia persona, casi sin conocerse.

Los días van pasando y, poco a poco, cada vez siente más apego por esa pequeña desconocida que dibuja en aquel bar. Es difícil comprenderlo, pero algo le crece en el corazón, removiendo sus entrañas de forma perturbadora cuando, al abrirse la puerta, es ella la que entra. Las manos le tiemblan, la garganta se le seca, el corazón se le encoge y, de pronto y aunque en la calle haga frío, siente calor. Sus mejillas arden bajo un influjo que no logra comprender, haciendo temblar sus sentidos y nublar su juicio.

Y una de esas tardes, mientras ella dibuja y su cabello cae sobre su rostro levemente, tapando parte del mismo e intensificando su mirada tras unas interminables pestañas negras, ella alza la vista y sus ojos se encuentran. Una mirada sostenida. Dos sonrisas. Y las manos le tiemblan de nuevo.

Siempre ha presumido de conocer bien las palabras, de saber utilizar cada una cuando debe utilizarse, de tener unas musas divinas y obedientes que responden cuando las llama. Pero no encuentra palabras. El cielo ha enmudecido cuando sus ojos se han encontrado, como si esa mirada estuviera desnudando su alma, ahondando mucho más de lo que nadie había intentado siquiera acercarse nunca. Se encoge. Es complicado sentir la calma que normalmente siente en ese momento. Un torbellino ha agitado todo su cuerpo por completo. Ya no hay más dudas. Se ha enamorado.

Nunca lo hubiera dicho. No es de esa clase de personas que se enamoran a simple vista, y mucho menos de desconocidas. Pero no se preocupa mucho para la situación. Hay algo que es mucho más preocupante. ¿Cómo conseguir algo más que una mirada y una sonrisa?

Ya conoce la rutina de la dibujante, de la niña que agita sus musas y las inspira cada vez que su lápiz traza líneas en un papel y les da vida. Ella inspira sus sueños. Ahora sus noches no están vacías nunca más, sino que la ve a ella, pincel en una mano, un lienzo en la otra, y pintando colores imposibles en mundos irreales, con esa risa cantarina y dulce que ha escuchado en alguna que otra ocasión, con sus ojos oscuros centelleando vida, con sus manos que parecen animar cualquier objeto.

-Si tan sólo me tocara a mí…

Se ha sentido un cuerpo sin vida desde siempre, inerte e inanimado, carente de sentimientos y de sentidos, un alma que se arrastra lánguidamente por el mundo, esperando llegar a un final, uno que realmente no tiene importancia, que no dolerá porque nada alegra sus días en ese camino que todos llaman vida. Hasta que llegó su niña de ojos vivarachos y alegres. Ella cambió su mundo. Ella le dio sentido a todo.

Por eso se arma de valor, esperando que si ella pudo llegar a su corazón a través de un dibujo, quizás pueda hacer lo mismo con un cuento. Y ese día escribe uno. Uno protagonizado por ella, donde le cuenta cómo se mete en su cabeza en la noche y transforma sus sueños vacíos en noches de ensueño, en cómo ha logrado con su lápiz llenar de vida un corazón muerto, en cómo le gustaría ser su inspiración para dibujar ya que ella es la musa que da vida a todos sus escritos.

Y espera. Espera porque no tardará en llegar. Con el cabello negro brillante, sus ojos marrones cargados de vidas, esos labios que parecen tan suaves que se muere por saborearlos. Y llega. Nunca falta a esa cita no programa que tienen en ese café. Le gusta pensar que es una cita, aunque nunca se digan nada.

-Hasta hoy.

Es fácil hacerlo, tan sólo hay que esperar. Tarde o temprano ella va al baño, abandonando su mesa unos instantes, momento en el que aprovecha para acercarse y dejar aquel cuento que escribió pensando en ella. Abrocha su abrigo, se pone la bufanda, las manos en los bolsillos, y sale a la calle. Tardará un tiempo en leerlo y no soporta la idea de estar presente mientras lo hace. Mañana tendrá su respuesta.

Siempre le gustó ese café. Es un sitio retirado, donde la gente está tranquila y la música suena baja y relajante. Sus grandes ventanales ayudan a inspirarse para dibujar, le gusta hacerlo, aunque hace mucho tiempo que no logra nada que le guste. A veces es difícil no ser demasiado crítico con uno mismo, pero no se altera. Sabe que todo es cuestión de tiempo, y lo tiene. Sus musas han de volver.

Un día, mientras tome café en ese lugar, alguien pasará por la calle y volverá a llenar su mundo de color, y ese día sus dibujos volverán a nacer. Por eso espera, paciente, con un café en las manos que calienta muy adentro, dejando una calma inspiradora que la relaja.

Y ocurre.

Lleva años caminando cuatro calles hasta ese lugar, no está muy lejos de su universidad y es el mejor sitio para pasar las horas muertas que tiene entre clase y clase. Siempre los mismos rostro, la misma tranquilidad, el mismo café, y buena música. Jazz de fondo que invita a voces de mujer sensuales que cantan cerca de un piano con largos vestidos ceñidos y melenas rubias y ondulantes.

Las imagina en su mente, cantando en un rincón de ese local, los hombres las miran cigarrillo en mano y deseo en los ojos. No le cuesta nada verlo, pero sí plasmarlo en el papel. Hasta que entra por la puerta alguien que, a pesar de haber esperado siempre, no pensó encontrar ese día en ese lugar.

En la calle hace frío, así que entra con abrigo, bufanda, gorro y guantes. Lleva una carpeta, libretas y libros. Estudiante. Es fácil conocerse con esas características. Sonríe, pero su sonrisa se pierde cuando alguien cruza por en medio y no se llegan a mirar. Ella no se levanta de su silla, habiendo perdido ese valor inicial que sintió al abrirse la puerta, y se pierde en su cuaderno de dibujo y, milagrosamente, sus dibujos parecen cobrar vida propia en el momento que hace un trazo.

Su sonrisa se renueva, alegre y viva, imponente. Las musas han vuelto. Alza la vista y busca la mesa de quién ha logrado ese milagro, porque sabe quién ha sido. Sus ojos son rápidos, conoce el local como la palma de su mano y no le lleva más que unos segundos dar con esa persona. Y la ve.

Cabello casi rojo y largo, como el fuego ondulante de una chimenea, y una piel pálida cual nieve. La chica más guapa que ha visto jamás, con las mejillas sonrosadas por el frío y buscando el calor en una taza de té. Se sonroja y se hunde tras su cuaderno, sin entender qué le ocurre, pero queriendo dibujarlo. Así es como ella ha asumido toda su vida: lo siente, lo dibuja, lo mira, y lo comprende. Por eso, al terminar el dibujo, lo mira y entiende lo que le ocurre.

No importa que la pelirroja que ha entrado por la puerta sea una chica y ella otra, se ha enamorado de ella. No sabe cómo, ni porqué, pero no tiene tiempo de preguntárselo ahora mismo. Siente que sus lápices han tomado vida propia y continua dibujando, mirándola de reojo, disfrutando de la inusual belleza de esa joven que admira a escondidas. En un momento de distracción, cuando alza la cabeza, ya no está.

Al día siguiente, cuando ella llega al bar, la pelirroja ya está en él. Sonríe y busca una mesa no muy lejos de ella, dibuja observándola con disimulo. Y así pasan los días. Siempre que la ve se dice que tendrá el valor de hacerlo, pero siempre le flaquean las fuerzas en el último momento y, tarde tras tarde, el tiempo en aquel lugar parece consumirse cual fuego a su alrededor, incapaz de robarle minutos para poder acercarse a su mesa y decirle su nombre.

-Y que la amo.

Cree que no es muy elaborado, pero su mente es incapaz de hilar palabras cuando la ve. Y no le importa, sabe que podría decirlo dibujando. Por eso el día que la tiene cerca de su mesa dibuja un beso, porque la siente próxima y no puede contenerlo. Su lápiz vive sobre el papel, dibujando a un par de chicas que se besan con cariño, manos entrelazadas y labios apretados, diciendo mucho sin decir nada. A veces los labios hablan mejor sin palabras.

El tiempo pasa y, cada día, es más difícil acercarse a decirle nada. En ocasiones, cuando ha logrado reunir el valor suficiente, ella se levanta y se va, llevándose ese valor tras ella cual sombra funesta incapaz de encontrar al día siguiente el camino de regreso. Ya lleva así mucho tiempo, dibujándolas a ambas sonriendo en un parque, imaginando el tacto de su mano en la suya, el sabor de sus labios rosados, el olor de su cabello rojizo. La necesita, y lo sabe.

Todas las tardes hace un dibujo, uno en el que se las ve a ambas, en diferentes situaciones, esperando que ella lo vea y le diga algo, pero una de esas se da cuenta, después de mucho pensar, que quizás la pelirroja tampoco se atreva. Tiene la sensación de que sí la mira, de que en ocasiones ella escribe mientras ella dibuja y que el sonido de ambos lápices acompaña el Jazz de fondo del local, fundiéndose el uno con el otro en la música de sus musas, esas que son vanidosas y que parecen jugar con ellas.

En ocasiones ve a la pelirroja, maldiciendo y garabateando en el papel. Frustrada de impaciencia, perdiendo la inspiración y retorciendo palabra tras palabra hasta encontrar la adecuada. Lo sabe porque a ella le ocurre igual con sus colores, con las caras, con las sombras. Ambas son compañeras del aquel suplicio que es darle vida a algo que no la tiene, pero ella no se puede quejar, desde que la pelirroja está en aquel local sus colores parecen cobrar vida propia.

Y esa tarde va al baño, como muchas tardes. Esperando que, a su regreso, la pelirroja haya ocupado su mesa, que quizás la esté esperando con una sonrisa en la mirada y un beso en los labios, con unas palabras que no comprende por qué ansía escuchar, pero las necesita. Y se arregla el cabello frente al espejo, sonriendo con nerviosismo a su propio reflejo, esperando poder ser fuerte esa vez y, si ella no ha venido a su encuentro, tener la fuerza suficiente para hacerlo en su lugar. Y así sale del baño, pero ella no está.

Algo dentro de ella parece secarse un poco, otra tarde y no ha tenido valor. Se acerca a su mesa, despacio, arrastrando los pies, cansina, desesperada de un amor que no llega. Entonces es cuando lo ve. Ahí, sobre su dibujo, un montón de papeles la esperan. De repente una renovada ilusión la azota, recoge el escrito nerviosa, ansiosa, devorando las palabras en lugar de leerlas.

Lo lee una vez, y otra, y luego otra más, con atención, incapaz de creer del todo esas palabras y fijándose en las pronunciadas curvas de las eses y el trazo largo de las tes, sonriendo mientras en su mente veía como aquel cuento cobraba vida. Fue sencillo comprender lo que significaba y, de pronto, se sintió grande y poderosa. La chica que le había robado el corazón le contaba un cuento en el que ella misma se colaba en los sueños de la otra para devolverla a la vida con sus pinturas. Esa noche, cuando llegó a casa, fue la pelirroja la que escribió en sus sueños palabras de amor.

El día siguiente fue especial. Era la primera vez que se iban a ver después de aquella extraña confesión. Se vistió con más entusiasmo del habitual, escogiendo con cuidado la ropa que iba a utilizar, pensando en ella a cada instante y sintiéndola tan cerca, que casi dolía el no poder tocarla. Entró al café poco después, pero ella no había llegado.

Miró la hora con desesperación cada pocos minutos, esperando que por la puerta entrara esa mujer que hacía que toda su piel se erizase. Estaba ansiosa por oír su voz, por conocer su nombre, por compartir con ella unas risas, y por besarla. ¿Podría hacerlo? Casi se sentía una intrusa tan sólo por desearlo.

Y ocurrió, una de las muchas veces en las que se abrió la puerta, una cabellera del color del fuego se arremolinó a causa del viento. Sintió un vuelco en el corazón y se aferró con fuerza a aquel cuento que le había escrito. La vio buscarla con los ojos y sonrió con timidez, casi invitándola a tomar asiento junto a ella. La pelirroja dio unos pasos indecisos y torpes hacia ella, mordiéndose el labio y apretando sus libros contra su pecho. Sus miradas dijeron todo lo que sus labios callaron, y se sentó en su mesa por primera vez en meses, tímida y avergonzada por la declaración que le hizo a modo de cuento.

-Cada vez que iba al baño esperaba que, al volver, hubiera algo como esto sobre mi mesa… -confesó sonrojada señalando aquella extraña historia de amor que tenía aún en las manos.

La pelirroja sonrió, embelesada por la belleza de la morena, perdida en el brillo de sus ojos e hipnotizada por el dulce tono de su voz. No sabía que decir, pero no siempre son necesarias las palabras. Posó su mano en la mesa, buscando la de la morena, sin ver a nadie más que a ella en aquel bar y dejando que la música desapareciera, perdida entre los latidos de su corazón.

-Lo quería hacer desde hace mucho. –confiesa. Y no sabe si habla del cuento o de tomarla de la mano, quizás es de ambas cosas, quizás de mucho más.

Se sonríen de nuevo, todos en el local las miran. El dueño hace mucho que se pregunta en qué momento eso iba a ocurrir y, para darles más intimidad en ese momento, decide hacer un descuento en todas las consumiciones. Funciona y la gente deja de mirarlas con tanta atención, aunque ellas continúan en su mundo y no son capaces de ver ni una sola de las miradas que las vigila.

No se dan cuenta, pero se están acercando. El corazón martilleando en las sienes y el beso flotando en el aire. Sus labios se encuentran por primera vez en aquel local plagado de humo y Jazz, y son suaves y mullidos, cálidos y dulces, plagados de todas esas palabras que parecen atragantárseles en la garganta. Aún no se han dicho ni su nombre, pero no les hace falta, el amor no entiende de etiquetas ni de razones, al amor no le importa el sexo o las religiones, el amor tan sólo se alimenta de esas miradas y de esos besos que tanto necesitaban. Por lo tanto, y desde aquel día, no pasa una sola tarde en la que no le den de comer, riendo mientras pasean por el parque, besándose en los portales, acariciándose bajo las sábanas y llenando de Jazz sus corazones con cada café que toman en el bar que cambió sus vidas para siempre.

No les importa que las señalen por la calle, ni que les griten lesbianas, ni tan siquiera esas miradas de desprecio que de vez en cuando se encuentran. En sus ojos, tan sólo hay amor, y es tan grande y especial que puede detener todo el odio que hay en el mundo contra ellas. Y así, día tras día, la pelirroja y la pequeña dibujante pintan palabras de amor en el libro que es su vida, un libro que tan sólo recoge los buenos pasajes, lleno de hojas de árboles caídas en otoño, de notas musicales perdidas en el viento, de sueños multicolor y cuentos en los que a la protagonista no le hace falta ser princesa, siempre que pueda besar a una de ellas
.



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