Lawliet

Cuentacuentos #084

Bueno, hace mil que no actualizo, pero como parece que ahora voy a tener unos días libres y creo que he aprendido al fin a organizar un poco mi tiempo, vengo a traer unas cosillas viejas que escribí hace mil porque las tengo todas desperdigadas por diferentes blogs, webs y demases, y eso me estresa y me pone de mal humor. No necesito que leáis esto si no tenéis ganas, además, que creo que igual y hoy hago más de una entrada y os estreso. Pasad de mí si es así, de todas formas, irán en cut, que soy un amor y todas lo sabéis ;)


La mirada que le devolvió el espejo no era la suya, sintió rabia, impotencia, ganas de gritar, de aullar, de arrancarse la piel a tiras, de correr hasta que sus piernas no pudieran más, hasta que el alma se saliese de su boca, hasta que no quedase un ápice de vida en ese cuerpo que ya no era el suyo, en ese rostro que le sonreía amargamente mientras le recordaba lo caro que había pagado el precio de su libertad.

¿Libertad?

Era una palabra tan lejana, tan carente ahora de significado. Estrelló el puño contra el espejo y éste se hizo añicos, vio la sangre brotar de su mano, los cristales incrustados en su piel, desgarrándole, pero no le dolía. Ya no sentía nada. Ni miedo, ni dolor, ni angustia, nada podía hacerle mal, pero había perdido otras cosas por el camino. Había perdido su humanidad, la capacidad de amar. Hacía tanto tiempo que ni recordaba lo que era sufrir, lo que era temer algo más que a la eternidad. Sus heridas se cerraron ante sus ojos como siempre hacían, en unos segundos, ya no quedaba nada. Ni una sola cicatriz, ni un rasguño que le recordase que podía ser herido. Escucho pasos y le vio. Altivo y elegante, presuntuoso y más imponente que nunca.

- No sé porque buscas herirte; sabes que no puedes.

Clavó sus uñas en su piel hasta abrirse unas heridas que sabía que pronto volverían a cicatrizar.

- Hacerse daño no tiene merito si no puedes sufrir. –le susurró al oído aquel demonio que le había robado todo, mirándole con desprecio.– Eres débil y un cobarde, pero ya no hay marcha atrás.

No podía sentir dolor, pero sus palabras le herían. Sintió el frío de sus manos alrededor de su cuello mientras el abrazo se iba haciendo más fuerte, podía sentir que le faltaba el aire y sabía que hacía mucho que no necesitaba respirar. Era extraño como él podía quitarle mil veces la vida sin quitársela del todo.

- Debería matarte, no mereces mi regalo.

- Hazlo. –suplicó con los ojos rojos a causa de la ira.

La risa estridente inundó toda la estancia. No le hace falta recibir una respuesta, ya sabe que no iba a morir, nunca. Sabe que nadie puede decidir. Sólo él. Él es el único que tiene ahora el poder de su vida, podría cortarse las venas mil veces, saltar de mil puentes y nada pasaría. Hacía ciento tres años que se preguntaba por qué morir de tuberculosis era peor que vender su alma al diablo. Sólo le habría dolido un momento y luego; paz. Ahora una eternidad de tortura le esperaba mientras él le arrancaba la vida cada día y cada día se la devolvía un poco menos viva, un poco menos dulce, un poco menos real, más dolorosa, más cruel, más terrible que la misma muerte por la que vendió algo que no sabía pudiera echar tanto de menos.